EL SECRETO ESTA EN LA LLAVE

sábado, 29 de octubre de 2011

LAGRIMAS PARA UN RECUERDO


















El día ponía ribetes de luto al despuntar la mañana que estaba realmente triste. El cielo de color gris plomizo presagiaba lluvia. Ésta, no se hizo de esperar y de forma cadenciosa al principio, terminó por ser más que borrascosa.
El otoño lentamente y de forma subrepticia, se adueñaba de todo. Clima, paisaje y personas. La creciente oscuridad invadía las horas con un desaliento tan abrumador que, apelaba sin dilación alguna a buscar la forma de no caer en sus negras garras y sacar provecho. “El que se aburre, es porque quiere”, dice un dicho popular. Será verdad cuando lo dicen tan alegremente; aunque el aburrimiento cuando se instala es tan demoledor que, sino sabemos atajarlo a tiempo con alguna actividad que nos devuelva a la plena conciencia, “apaga y vámonos”, como se diría vulgarmente.
Cuando llega la estación del otoño, todo parece enmudecer y más cuando viene con esa decadencia que se refleja todo en lo que nos rodea. Clima y paisaje se dan la mano para recorrer los mismos caminos año tras año. Algunos, la miran de refilón porque a pesar de ser fuente inagotable para muchos en expresar su talento, en cambio para el resto hace que aflore la tristeza. Los días se van acortando y el sol cuando asoma, se escurre como un flan gelatinoso, haciéndonos guiños de complicidad.

El otoño, libera todos los colores de su paleta en gamas doradas y terrosas que, hacen la delicia de los que nos gustan los hermosos paisajes otoñales y también el pintarlos.
Noviembre a veces, nos pille desprevenidos si el tiempo ha sido benevolente, ya que tratamos de alargar ese verano que se fue y sólo nos queda un tostado-moreno que a duras penas tratamos de conservar exponiéndolo a la vista aún sabiendo, sus consecuencias puesto que los días ya no son tan calurosos y un cuerpo tan “acalorado”, es un “festín” para los microbios que pululan a sus anchas dejando los consabidos catarros y algún que otro dolor de garganta; aunque días antes ramos de flores y toda clase de ornamentos fúnebres, nos recuerdan de forma insistente a los que se fueron queramos o no y tratemos de hacernos los despistados.
A mí particularmente, esos días tan luctuosos nunca me han gustado. La vida es muy dura y a diario se nos recuerda regalándonos sucesos inesperados que nos llenan de tristeza. Cuántas veces quisiéramos cerrar los ojos y el abrirlos de nuevo, no toparnos con la penosa realidad que esa persona tan querida sí ha muerto.
Los que de verdad hemos querido a los que un día esa “señora” se cruzó en su camino que, aguarda pacientemente nuestra hora, no hace falta que el mes de noviembre nos recuerde que es tiempo de llorar, de sentir el vacío que su marcha nos ha dejado.







Esos seres, estuvieron presentes en nuestra vida de una u otra manera. Les amamos, fuimos inmensamente felices a su lado y es muy natural que nos cueste mucho trabajo él apartarlos de nuestro pensamiento; pero como todo es ley de vida, es necesario aceptarlo puesto que fueron un capítulo de nuestra vida al que tendremos que pasar hoja y asumir la realidad por muy cruda que ésta sea.
A igual que muchas personas, yo no soy una privilegiada. La muerte ha golpeado de forma brusca mi vida. Me he visto tan inmersa en mi dolor que, solamente la fuerza interior que poseo ha sido la que me ha ayudado a no sucumbir, ante ese desaliento tan hiriente.


*“La muerte es parte de nuestras vidas. Tenemos que sentarla a la mesa todos los días”

Por muy duro que nos resulte hay que saberlo encajar. No estamos solos. Cada segundo del día, se vierten cantidad de lágrimas por muertos que estaban ahí, el lugar que el destino nos tiene reservado. Accidentes, atentados, catástrofes etc. Amén, de las muertes naturales.
Dejemos que los muertos descansen en paz. Ellos, pasaron por nuestra vida y muchos de ellos, nos dejaron una huella que solamente el paso del tiempo pone una leve patina para que, nuestras lágrimas sean cariñosas y dulces cuando los recordemos y no nos encontremos tan solos.

*Frase del relato “Inquietudes de mí interior” (L. Z.)







R.P.intelectual 00/2011/3021
León, 25 Octubre 2003



sábado, 15 de octubre de 2011

ESE DICHOSO APARATO







¿Quién no lo tiene? Entre una multitud, sobre todo jóvenes, yo sería la única que alzara la mano y diría: No lo tengo. Pero mi actitud no sería vergonzosa, sino más bien, de ser una persona libre. Sí, creo que lo digo bien.
¿De qué hablo? De algo que mueve hoy en día cantidades muy grandes de dinero. El móvil se ha convertido en el dueño y señor de nuestras vidas. Reina impunemente en todos los campos sin que nadie se atreva a ponerle freno.
¿Es tan difícil poner coto a este pequeño advenedizo? Pienso que, es difícil porque es enfrentarse a verdaderos colosos y nadie tiene interés en hacerlo. Pero, ¿qué pasa con los “paganinis”? ¿Quién les protege? ¿Qué pueden hacer? Por ahora nada. Abrir el billetero y ser los “paganinis” de ésas abultadas sumas que llegan al buzón del correo en facturas de vértigo.

Todo funciona al ritmo del pequeño teléfono. Concursos: “Llamar a tal número si desea.... Pedir un regalo. Anuncios del periódico de cualquier índole, el dichoso número del móvil es al que hay que llamar.
El móvil ha desterrado por completo al teléfono normal. Nunca se ha visto como ahora, usar ese invento que hace muchísimo tiempo Bell, mostró al mundo su maravilloso ingenio y reitero lo de usar ahora, porque a cada paso, te topas con el dichoso aparato pegado a la oreja desde un jovencito, hasta una persona mayor. Estoy de acuerdo en que la mayoría de las veces el móvil, ha sido crucial a la hora de resolver cosas muy importantes, pero en lo que no estoy de acuerdo es, que se use para sandeces y cosas por el estilo, que es lo más normal en la juventud.








El teléfono es un medio de contacto maravilloso si se usa adecuadamente pero, ¿por qué se está tan enganchado a él? Pienso porque en un mundo cada día más acuciado, que no tiene ni tiempo para escribir una carta, resolver los problemas cara a cara, éste minúsculo teléfono, cada día más pequeño, lo hace sin tener necesidad de movernos.
Por la mañana mientras me desayuno, miro este singular aparato, no es un móvil, que dejo

encima de la mesa para no tener que levantarme si suena. Lo miro y me causa admiración el pensar, que tenga el poder de trasladar una voz amada a mi oído, como el mensaje de otro nada agradable.
El Sr. Bell regaló hace muchos años un invento que, ni él mismo intuyó su uso tan excesivo y a veces, tan poco conveniente para cosas sin importancia.

*Han pasado años desde que escribí esto y como todo cambia, pues el móvil tenía que hacerlo. Ya no es grande y mes a mes, sale un nuevo modelo y con muchos adelantos. Ahora son tan planos y con un movimiento ligero del dedo, cambia a lo que deseas ver. Los mensajes que enviamos por Internet se pueden leer, noticias y cantidad de cosas fotos y un son fin de adelantos. Me gusta que todo sea para bien.








R.P. intelectual 00/2008/1318
León, 18-2-2003


sábado, 1 de octubre de 2011

LO SIENTO MUCHO








Lo siento mucho. Esta escueta frase dice mucho o nada. A lo largo de nuestra vida unas personas más que otras, la habrán oído en diferentes tonalidades. Unas, cargadas de intensidad y con claros sentimientos de amor, en un verdadero “mea culpa”. Otras por el contrario, las reciben con tintes bien distintos. Digamos, que forzados o exhibiendo ridículamente un pesar que está muy lejos de ser verdadero.
¿Qué hay detrás de esa frase? Arrepentimiento por nuestra falta de consideración hacia hechos, o compartimiento con alguien, que a la postre, no es merecedor de recibir antes un bofetón, o toda clase de palabras injuriosas.
¿Por qué se dice? Tratamos de borrar esa mala imagen que con nuestra imprudencia, producimos al decir o hacer tal tropelía.
¿Qué esperamos? El perdón y olvido de lo dicho por nosotros en un momento de ira descontrolada. Pero, ¿realmente nos sentimos culpables? O, ¿solamente es un acto de reflejo, asentado desde quién sabe cuánto?

El acto de pedir perdón con ésta frase, debe ser tan sincero, que la persona ofendida lo crea y no sienta ningún recelo. Porque somos tan buenos actores, que soltamos un bofetón, la ofensa o palabrota, con asombrosa facilidad, añadiendo al final: “Lo siento mucho”. Pero lo dicho o hecho, ahí queda.
Hay que ser más responsables y dejarse de actitudes tan odiosas, porque lo único que se consigue es, que nunca seamos creídos. O sino, que se lo pregunten a la mujer llena de cardenales, que con un poco de suerte, recibió al final de la paliza un “lo siento cariño”. Al peatón con el corazón en un puño, tras el frenazo del Fitipaldi de turno oír la disculpa: “lo siento”.







A la señora, que con sus mejores galas es puesta como una sopa, por un gracioso que no tuvo mejor idea, que pisar a fondo y meter las ruedas en el charco y entre risotadas decir: “lo siento señora”.
Estamos tan acostumbrados a esa frase, que ya la dejamos salir inconscientemente ante cualquier arbitrariedad. Nos excedemos en su uso sin pensar tan siquiera, que son palabras inútiles, faltas de sentimiento el decirlas, sin antes concienciarnos.
A veces pienso, que muchas de las cosas que hacemos o decimos, tienen una clara referencia a imponernos y demostrar ¿qué? No sabríamos responder y como débil respuesta, dejaríamos salir un balbuceo: “Lo siento mucho”. Claro, que todo depende de quién lo diga y como se acepte.










R.P. intelectual 00/2008/1318

León, 26 Mayo 1998